Ficción Mekawing – Cabeza de Playa 4

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Régimen de la Colmena – Ryu Koyashi

“Y el ganador es….”, se oía por el altoparlante de una arena gigantesca, donde cabían unas seis cuadras de cualquier metrópolis urbana del siglo XXI, completa con rascacielos, subterráneos y cañerías. Esta mini-metrópoli era reconstruida ritualmente cada semana gracias a miles de millones de nanitos que restablecían el estado inicial de la ciudad como si no hubiese pasado nada en un principio en menos de diez horas, a menos que los oficiales de la liga decidieran algún cambio en la estructura de la Zona de Batalla.

“… ¡¡¡RYUUUUUU KOYAAASHI!!!”, decía el presentador a través de decenas de monitores virtuales, vestido de traje y con guantes blancos en sus manos con las que señalaba al pequeño meka – casi destruido, sin un brazo y humeando – que se paraba sobre el bulto inerte del torso de su oponente, semi-hundido en el pavimento y goteando espuma de seguridad luego de una caída de quince pisos luego de que su oponente – Ryu Koyashi – esquivara “milagrosamente” su embestida en el tope de un rascacielos adyacente.

Ryu nunca oyó al presentador, sus oídos tronaban ensordecedoramente mientras todas las alarmas del Meka sonaban al mismo tiempo. Sólo reaccionó presionando el botón de eyección, que lo lanzó despedido hacia el concreto de la mini-metrópoli. Allí, aún más pequeño, veía como miles, millones de personas a su alrededor se alzaban aplaudiendo su victoria en medio de una nube de pods que grababa cada segundo de la contienda final del Campeonato Solar de Batallas de Mekas de esa temporada.

Ryu logró reponerse, parándose mientras oía a las sirenas que se acercaban; poniéndose en pié se acercó al torso mutilado y destrozado del meka de su rival. Trastabillando, Ryu buscó con desesperación a su enemigo a quien había oído gritar durante los interminables segundos de su caída, oyéndolo incluso dentro de su cápsula de control herméticamente sellada y protegida, entre otras cosas, del ruido; oyéndolo incluso con todas las frecuencias de radio cerradas; oyéndolo incluso con los ojos apretados y sus manos tapándose los oídos con toda su fuerza.

Ryu caminaba alrededor del torso del meka de su oponente, las sirenas sonaban en la distancia.

De repente, el piso bajo sus pies cedió y Ryu cayó junto a toda la chatarra junto a él hacia los niveles subterráneos de la arena; donde hay desde líneas de trenes hasta pozos de agua inmensos con minas y animales mecánicos que son parte de varios de los escenarios del Campeonato. Ryu cayó por segundos, minutos u horas – nunca lo supo – pero cuando despertó estaba frente a él la cápsula de control del Meka de su oponente, abierta como un huevo partido, hundido en una obscuridad profunda que parecía oponerse a ser invadida por la luz.

Las sirenas seguían sonando.

Ryu volvió a ponerse de pie, esta vez en el claroscuro de la luz que se filtraba a través del recién creado cráter. A la distancia, las sirenas seguían sonando, pero mientras se acercaba a la cápsula sentía como estas empezaban a sonar más fuerte, “¿se estarán acercando?” se preguntó, pero sin hacer nada al respecto siguió caminando hacia la cápsula.

Ryu-Koyashi

Las sirenas se oían cada vez más cerca, incluso por un segundo pensó que oía de nuevo los gritos de su oponente; cada vez más cerca, cada vez más fuerte, cada vez más los gritos que no quería oír.

Ya al borde de la cápsula el grito era insoportable, Ryu se apoyaba en el cascarón con una mano mientras se tapaba uno de sus oídos con la otra, el cual sangraba cada vez más.Con mucho esfuerzo logró escalar por encima de la cápsula: ensangrentado y casi loco por el aturdimiento de los gritos Ryu por fin vio por encima de la cápsula…

Ryu despertó con un grito en su tienda de campaña, sudando se paró de su camilla y se levantó a buscar un poco de agua. Sin darse cuenta – agitado y tembloroso – salió al campo semi-tóxico y árido de la Tierra; Tierra que pisaba por primera vez en su vida, Tierra que le mostraba por primera vez un horizonte inalcanzable.

En medio de la contemplación, dado que el Sol tímidamente empezaba a asomarse en aquella planicie árida en la cual sólo se veía la silueta de las ruinas de una metrópolis humana del siglo XXI, Ryu poco a poco se tranquilizó, dejó de sudar, dejó de temblar; fue entonces que oyó, más bien sintió, su voz por primera vez:

“Hola Ryu, bienvenido a casa”

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