Ficción Mekawing – Cabeza de Playa 6

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Esfera Energética – Ernesto “el Abuelo” Sandoval

Poco se habla de los tiempos antes del Éxodo. Ningún libro de texto de educación básica de ninguna Corponación menciona realmente que pasó entre la última Guerra Corporativa y el momento en el que el último transporte orbital despegó, o el último cordón de los elevadores espaciales fue cortado. Todos asumimos que fue un momento de paz y regocijo, habiendo conseguido un nuevo hogar en las estrellas en medio de nuestros hermanos que nos recibían con los brazos abiertos.

Mis pesadillas dicen otra cosa.

Mis recuerdos son los de un niño que ha vivido demasiado tiempo, un niño que vio los gritos de miles de personas rogando un puesto en aquel transporte orbital atiborrado de gente en la que se perdía el límite entre un cuerpo y otro y donde el calor era insoportable, terminando el viaje de muchos antes de que empezara. Mis recuerdos son de soldados armados atacando a primos, sobrinos, padres y hermanos con el fin de cumplir órdenes y asegurar el despegue del transporte. Mis recuerdos son horribles pesadillas que cada noche desearía que sólo fuesen producto de mi imaginación.

He vuelto a la Tierra. Mis pesadillas son cada vez más intensas y los sonidos de los sistemas de auto-defensa de las metrópolis suenan cada vez más fuerte. Mi pesadilla siempre termina en el mismo punto: la puerta se cierra cercenando los brazos de miles de personas apiñadas al otro lado haciendo un último intento de salvar sus vidas del desastre ecológico que nosotros mismos habíamos creado; y más que una luz o un sentido de paz, lo que siento es una gran pena, un vacío, una gran vergüenza.

Hoy en patrulla con los Hovertanques entré en los bordes de una de esas grandes metrópolis creadas antes del Éxodo. Una enorme fortaleza que protegía a sus habitantes de los embates del clima: tornados, lluvias torrenciales, y ondas de calor y frío que azotan al planeta desde hace siglos. Entré a través de un enorme hoyo creado quizás por algún terremoto y pulido finamente por décadas de aguas torrenciales y viento huracanados. Allí me paralicé por un segundo – incluso con todos mis años de experiencia en combate – al ver una de las torres del sistema de auto-defensa rastreando mis pasos inexplicablemente, y haciendo sonar incesantemente el martillo de su ametralladora sin munición; como saludándome luego de varios siglos de soledad. A su alrededor, miles de huesos que crujían mientras mi meka se acercaba a la torreta, huesos de miles “nadies” me rodeaban. “Nadies”, eran los millones de personas que las Corponaciones habían “liberado”, las cuales no habían tenido la suerte de abordar un transporte orbital o subir en un elevador espacial.

Porque como todo el mundo aprende en las escuelas de las Corponaciones, “nadie”, había quedado en la Tierra.

Allí estuve parado unos minutos, los pilotos de los Hovertanques no se acercaron. Luego de mi triste contemplación, de mi enfrentamiento con mis pesadillas, tomé mi escopeta de asalto y con un disparo de perdigones sólidos a la torreta decidí comenzar mi venganza…

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